PROPOSITO PRIMAVERAL
A saludar me ofrezco y a celebrar me obligo
tu triunfo, Amor, al beso de la estación que llega
mientras el blanco cisne del lago azul navega
en el mágico parque de mis triunfos testigo.
Amor, tu hoz de oro ha segado mi trigo;
por ti me halaga el suave son de la flauta griega,
y por ti Venus pródiga sus manzanas me entrega
y me brinda las perlas de las mieles del higo.
En el erecto término coloco una corona
en que de rosas frescas la púrpura detona;
y en tanto canta el agua bajo el boscaje oscuro,
junto a la adolescente que en el misterio inicio
apuraré, alternando con tu dulce ejercicio,
las ánforas de oro del divino Epicuro.
Rubén Darío
El agua del Paraíso
de vez en cuando un puñado de dátiles, un poco de leche:
una vida dura y amenazada. Harith cazaba las ratas del desierto para apoderarse
de su piel y hacía cuerdas con las fibras de las palmeras, que intentaba vender
en las caravanas.
Sólo bebía el agua salobre
que encontraba en los pozos enfangados.
Un día apareció un nuevo
río en la arena. Harith probó aquella agua desconocida, que era amarga y
salada, e incluso un poco turbia. Pero le pareció que el agua del verdadero
paraíso acababa de deslizarse por su garganta.
Llenó dos botas de piel de
cabra, una para él y otra el califa Harun al-Rasid, y se puso en camino hacia
Bagdad. A su llegada, tras un penoso viaje, le contó su historia a los
guardias, según la práctica establecida, y fue admitido ante el califa. Harith
se postró ante el Comendador de los Creyentes y le dijo:
-No soy más que un pobre
beduino, ligado al desierto donde el destino me ha hecho nacer. No conozco nada
más que el desierto, pero lo conozco bien. Conozco todas la aguas que allí se
pueden encontrar. Por eso he decidido traértela para que la pruebes.
Harun al-Rasid se hizo
traer un cubilete y probó el agua del río amargo. Toda la corte lo observaba.
Bebió un buen trago y su rostro no expresó ningún sentimiento. Se quedó
pensativo un instante y entonces con fuerza repentina pidió que el hombre fuera
llevado y encerrado, con la orden estricta de que no viese a nadie. El beduino,
sorprendido y decepcionado, fue encerrado en una celda.
-Lo que nada es para
nosotros lo es todo para él. Lo que para él es el agua del Paraíso no es más
que una desagradable bebida para nosotros. Pero tenemos que pensar en la
felicidad de ese hombre -dijo el califa a las personas de su entorno, curiosos
por su decisión.
Al caer la noche hizo
llamar al beduino. Dio la orden a sus guardias que lo acompañasen de inmediato
fuera de la ciudad, hasta la entrada del desierto, sin permitirle ver ni en río
Tigris ni ninguna de las fuentes de la ciudad, sin darle otra agua que la suya
para beber. Cuando el beduino se iba del palacio en la oscuridad de la noche,
vio por última vez al califa. Éste le dio mil monedas de oro y le dijo:
-Te doy las gracias. Te
nombro guardián del agua del Paraíso. La administrarás en mi nombre. Vigílala y
protégela. Que todos los viajeros sepan que te he nombrado para tal puesto.
El beduino, feliz, besó la
mano del califa y regresó rápidamente a su desierto.
Cuento árabe
Tu recuerdo
Siento que se despega tu recuerdo
de mi mente, como una vieja estampa;
tu figura no tiene ya cabeza
y un brazo está deshecho, como en esas
calcomanías desoladas
que ponen los muchachos en la escuela
y son después, en el libro olvidado,
una mancha dispersa.
Cuando estrecho tu cuerpo
tengo la blanda sensación de que
estás hecho de estopa.
Me hablas, y tu voz viene de tan lejos
que apenas puedo oírte.
Además, ya no te creo.
Yo mismo, ya curado
de la pasión antigua,
me pregunto cómo fue que pude
amarte,
tan inútil, tan vana,
tan floja que antes del año
de tenerte en mis brazos
ya te estás deshaciendo
como un jirón de humo;
y ya te estás borrando
como un dibujo antiguo,
y ya te me despegas en la mente
¡como una vieja estampa!
Nicolás Guillén
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