Esta tarde



Alfonsina Storni

Ahora quiero amar algo lejano...
Algún hombre divino
Que sea como un ave por lo dulce,
Que haya habido mujeres infinitas
Y sepa de otras tierras, y florezca
La palabra en sus labios, perfumada:
Suerte de selva virgen bajo el viento...
Y quiero amarlo ahora. Está la tarde
Blanda y tranquila como espeso musgo,
Tiembla mi boca y mis dedos finos,
Se deshacen mis trenzas poco a poco.

Siento un vago rumor... Toda la tierra
Está cantando dulcemente... Lejos
Los bosques se han cargado de corolas,
Desbordan los arroyos de sus cauces
Y las aguas se filtran en la tierra
Así como mis ojos en los ojos
Que estoy sonañdo embelesada...

Pero
Ya está bajando el sol de los montes,
Las aves se acurrucan en sus nidos,
La tarde ha de morir y él está lejos...
Lejos como este sol que para nunca
Se marcha y me abandona, con las manos
Hundidas en las trenzas, con la boca
Húmeda y temblorosa, con el alma
Sutilizada, ardida en la esperanza
De este amor infinito que me vuelve
Dulce y hermosa...

Alfonsina Storni

¿Quién pudo hacer eso?



En el año 1550; el oro venía del Perú en galeones muy bien custodiados y, con ellos también llegaban los propietarios.
Uno de ellos era rico, y con el oro pensaba que podía comprarlo todo: incluyendo el amor. Se hizo largo el viaje hasta la Villa y Corte, pues recordaba que su amigo el médico del rey quedó tutor de una niña hermosa que ahora estaría por los 20 años y soñaba contagiarse de su juventud contrayendo matrimonio con ella.
Una vez que todo estaba listo para la ceremonia, el viejo médico llevó a la joven al palacio real. Don Felipe II siempre le había mostrado afecto y en esta ocasión le ofreció como regalo nupcial las trece monedas de oro que habían de servir de arras.
El casamiento se celebró a lo grande. El anciano esposo había regalado a la joven desposada un traje blanco, bordado con perlas. De encaje de Bruselas era el manto, que le llegaba hasta su borde, y ocultaba su cara y sus ojos enrojecidos por el llanto.
Después, vino el banquete, en el que los invitados, obsequiados hasta la saciedad, se tambaleaban embriagados. Cayó la tarde; los criados encendieron las luces. La novia se había retirado a sus habitaciones, lejos del bullicio. Y en medio de la noche, cuando el anciano, pensando en su felicidad, comprada con oro, y a costa de las lágrimas de una obediente muchacha, fue a buscarla, pero no la encontró.
Alarmado, gritó a los sirvientes quienes recorrieron la casa, registraron los rincones, repasaron los salones del banquete,  y  finalmente bajaron a los sótanos.  Allí, en el suelo húmedo, en un aire mohoso, pesado e irrespirable, la encontraron acostada. El velo de encaje aún temblaba en su frente, el traje de perlas estaba teñido de rojo. Acercaron los candiles; entre sus manos sostenía el pañuelo bordado, trece monedas de oro a sus pies y un puñal florentino incrustado con gemas de colores, clavado en su corazón.
Horrorizados se retiraron en silencio el amo y los servidores. ¿Quién pudo cometer aquello?, aún queda en pie el enigma, sólo se sabe que el anciano a partir de entonces y hasta el final de sus días todo el oro que tocaba quedaba manchado de sangre, y que por los sótanos de la casa se oyen gemidos, y dicen que alguien ha visto pasear, en las altas horas de la noche, a una dulce joven, envuelta en velos, haciendo tintinear en sus manos las trece monedas de oro que vendieron su juventud e inocencia.

Leyenda española

La Leyenda del conejo en la luna


Luna


Quetzalcóatl, un Dios imponente y bueno viajaba por el mundo en forma de hombre, cansado por andar todo un día, noto que su apetito aumentaba, pero siguió en el camino, hasta que las estrellas comenzaron a brillar y la luna se asomó.
El Dios, decidió sentarse a la orilla de un árbol, donde contemplo a un conejo.
-¿Qué estás comiendo?, - le preguntó.
-Estoy comiendo zacate. ¿Quieres un poco?
-Gracias, pero yo no como zacate.
-¿Qué vas a hacer entonces?
-Morirme tal vez de hambre y de sed.
El conejito se acercó a Quetzalcóatl y le dijo;
-Mira, yo no soy más que un conejito, pero si tienes hambre, cómeme, estoy aquí.
El Dios benevolente y sorprendido por la reacción del conejito le dijo:
-Tú no serás más que un conejito, pero todo el mundo, para siempre, se ha de acordar de ti.
Y lo levantó alto, muy alto, hasta la luna, donde quedó estampada la figura del conejo. Después el dios lo bajó a la tierra y le dijo:
-Ahí tienes tu retrato en luz, para todos los hombres y para todos los tiempos.